La madre de la Guapa. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
Próximamente…

María de la Caridad. Chari.

La niña más bonita, la muchacha más bella, la moza más hermosa conque la Naturaleza regaló a unos padres en mucho tiempo.

Y por fortuna, con el don de la inteligencia.

De la excelsa inteligencia.

Anduvo tras los pasos de su padre, León, junto a su madre siempre, inseparables los tres, por media Europa, por medio mundo, por el trabajo de él, viendo, aprendiendo, asimilando.

Era una niña viva, alegre, despierta.

Se fijaba en todo aquello que veía. No paraba de preguntar, de ir más allá de las simples apariencias.

Como sus progenitores, se desenvolvía ágil y grácilmente en numerosas lenguas, conocía innumerables culturas, iniciada en multitud de conocimientos, imposibles para una persona –más para una mujer-, en aquel tiempo.

Y con apenas diez años, una niña aún, superadas las capacidades de enseñanza de sus padres por su ansia febril de aprendizaje, hicieron el gran sacrificio.

Además, aquélla, no era vida para una niña pequeña. Ya en una ocasión, en Praga, estuvieron a punto de sufrir un percance de consecuencias muy graves. Y se salvaron por apenas un minuto, el que les hizo perder el tren que debían haber cogido.

Aquella no era vida para casi nadie.
Y desde luego no para una niña pequeña.

 

Hicieron el gran sacrificio.

Y la entregaron al Grupo.

Ellos se harían cargo.

Curiosamente, fue un profesor británico quien intervino indirectamente en su alias.

Un buen tipo que enseguida se encariñó con ella. En un sentido sano, por supuesto.

My little Charity, le decía.

Mi pequeña Caridad.

Y claro, un buen andaluz que se precie, como su padre, que a pesar de su cultura, intelecto, conocimientos y preparación no puede dejar pasar una buena ocasión de chascarrillo o agudeza la rebautizó, a la ligera, sin saber de la trascendencia de su gracia, Chari, la Chari, haciendo creer a quien lo oyere que el nombre verdadero era Rosario, Charo, Charito.

Y con Chari se quedó.

-Chari, mi gran amada –le escribía el Barón en sus epístolas, con su torpe castellano, con su pulso firme, como su determinación.

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El Abuelo de la Guapa. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
Próximamente

Nació en el primer quinto del siglo XX.

Bueno, un año rebasado.

En el año de Nuestro Señor de mil novecientos veinte y uno, como se decía en su tiempo. Y pocas veces antes, y excepcionalmente después, ser de tal hermosura y belleza vio la luz en el mundo.

Fue casualmente en Barcelona, adonde pararon sus progenitores camino de Madrid por necesidad de la madre, que no podía seguir corriendo con el parto tan inminente y la criatura apretando apresurada.

No aguardó los nueve meses prescritos, y quiso nacer al octavo.

Habían partido del Este de Alemania huyendo de la URSS, pasando por Suiza y Francia por necesidad del padre.

Trabajo.

Y necesitaban llegar a Madrid cuanto antes, pero por vías secundarias, indirectas y a veces escabrosas, enrevesadas. Porque iban tras ellos. Tras él más bien. Le buscaban. Querían lo que portaba consigo.

Porque nada, absolutamente nada, detenía a los que les perseguían.

El hombre, de nombre León, -pocos sabían de él, casi nada-, era una sombra, un cadáver sin identificar, pero le conocían en Francia como el Belga, en la URSS como el Gallego, en Alemania le llamaban Francés, los ingleses el Alemán, y en su tierra Holandés.

Y él insistía: era español. Para luego añadir:
-De Córdoba, por más señas.

Entró en el Seminario de la mano del señor párroco de su pueblo, -destacado en la comarca y gozando de unos merecidos retiro y reposo espirituales al que muy pocos de los suyos llegaban-, que le descubrió a muy tierna edad por lo vivo, alegre, despierto y dispuesto que parecía. Y por lo que destacaba. Y prácticamente se lo compró a sus padres, que ya bastante padecían para colmar las otras nueve bocas que hasta el momento no habían muerto, y asegurábanse así al menos la supervivencia y bienestar de uno de sus vástagos.

En el Seminario estuvo cinco años de duros estudios, que superó con creces, satisfacción y sin dificultad una vez le orientaron y guiaron por donde Dios mandaba por aquella época y en aquel lugar.

Y tras superar las pruebas de selección –mucho más intensas y complejas que los estudios-  el Grupo le captó, le reclutó, le admitió.

Y marchó a Roma, a completar su formación y comprobar hasta dónde podía llegar y qué haría y qué harían con su vida.

Lo consiguió, el superar holgadamente sus estudios. Y se hizo Sacerdote de Cristo.

Y decidió por sí mismo, escogió por voluntad propia, hacer lo que hacía, hizo y haría.

Tristemente, no pudo alcanzar el tan anhelado retiro, en algún discreto, y escondido pueblito, como párroco local.

Ni vio a su hija destacar.

A aquella niña, hija suya, nacida por accidente en Barcelona, le puso de nombre, con el consentimiento de su compañera y madre de la criatura, María de la Caridad, Chari, que la llamaban algunos de la tierra. Y se quedó con el alias, como una hermana propia muerta al poco de nacer.

Él mismo la bautizó.

Y volvió a quitarse los ropajes.

Nunca se había sentido tan desnudo como cuando se veía obligado a prescindir de las ropas talares.

Pero no eran tiempos seguros.
Al cuarto día de su alumbramiento, otra vez en camino.

Eran tres.

El Barón. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
Próximamente…

El Barón

Llegó a España en mil novecientos treinta y ocho, a finales, con todo el camino allanado.

Con toda su gente.
Con todo su equipo.
Detrás de él.
Él siempre, el primero.
Por eso muchos le seguían ciegamente. Hasta la Gloria.

O hasta la muerte.
Siempre hasta el final.
Con sus quinientos hombres.

Y sus doce apóstoles, pues doce apóstoles parecían, sus sombras, sus almas gemelas, sus perros más fieles y leales, sacados de entre la excelencia de sus quinientos.

Nunca le dejaban.
Cualquiera hubiera ido al Infierno sin dudarlo por él. Desde niños adiestrados.
Desde niños adoctrinados.
Apadrinados por él.
El Standartenführer.
El Coronel.

Continuando su búsqueda adonde sus pesquisas, estudios e investigaciones le habían conducido.

Desde la abadía suiza, a la que llegó vía Austria.

El Barón XXXXX, de la Schutzstaffel. La SS.

Según testimonio directo de F. B. Carretero, y del testigo ocular cuyo único rasgo de identidad conocido hasta el momento son sus siglas, P. C. S. y el añadido “Numerario del Grupo por la Gracia de Dios”, llegado e instalado en el Campo Santo en el ocaso de la contienda.

Y desde el primer minuto rondando, buscando, siguiendo el objetivo tan celosamente perseguido.

Aunque los Otros ya lo sabían, y le estaban esperando.

Y aunque no pudieron sacar lo que buscaba, salvarlo a tiempo, se quedaron para protegerlo.

Y así lo harían, con su vida.
El Barón XXXXX, coronel de la Schutzstaffel. La SS. Y María Caridad iba con él.
Siempre.
Como su sombra.
Como otro apóstol.
El número trece.

La señora Juana. Del Libro Primero.


La señora Juana tiene a su querida hija enterrada en mi cementerio. Era una niña cuando murió.

Murió atropellada.

Su tumba siempre estaba repleta de adornos, de muñecas, de juguetes…

La señora Juana le cortó el cuello al hijo menor del conductor.

Su historia la refirieron mis compañeros. Y me la contó ella misma. Durante muchos años.

La señora Juana ya no puede hablar. Murió. Y la enterramos junto a su pequeña. Ahora, quiero pensar, descansa en paz, con lo que más quiso.

Cada mañana paso junto a su tumba, y la miro…

Puedes conocer toda la historia aquí, en el Libro Primero. Te invito.

Gracias…

Libro Primero.

Memorias de un enterrador. Libro Primero.

Memorias de un enterrador. Libro Cuarto.


 

Libro Cuarto

Dentro de poco estará disponible el Libro Cuarto de esta serie. Aquí les presento algunos de los personajes. Día a día iré incluyendo fragmentos de algunos capítulos, para quien guste leerlos y seguirlos. Se aceptan comentarios y sugerencias. Gracias y espero encontrarlos por el camino…
Protagonizan, se mencionan, aparecen por sí mismos o se habla, entre otros muchos, en este Libro Cuarto:

De la Guapa, la que decían que era puta y que probablemente lo fuese, pero porque era espía.
Del Barón, que llegó en el 38 al olor de unos escritos secretos, con sus 500 hombres y sus 12 ‘Apóstoles’, coronel nazi, hombre de élite, que ya aparece en el Libro Primero.
Del abuelo de la Guapa, trotamundos, intelectual, revolucionario.
De la curiosa exhumación del cadáver de un sujeto alemán y posterior entierro, en la capilla, y de la aparición del padre Pío, misterioso, con don de lenguas, y muy capacitado. Y de lo que le quitó al muerto.
Del querubín germano, que buscaba lo mismo que el padre Pío.
Del extraño jaleo por la confusión de las órdenes dadas con respecto a la exhumación del alemán, con la intervención de la Embajada de Alemania. Y de la investigación.
De Tanio Sifredi y de su señora esposa, otra vez. De las andanzas y fechorías del primero, y de las tórridas aventuras de la segunda.
De la señora Mariana, madre de Sifredi, y de la vida tan dura que le tocó vivir.
De Loli, esposa de Sifredi. De su crianza en el Mercado de la Cebada como pescadera y de cómo Sifredi la sacó de la miseria y el nauseabundo olor a pescado. De sus primeras relaciones con el Yelero.
De lo que hizo la Falange a este pobre.
De los motivos oscuros que conducían a Sifredi a andar por ahí, a menudo, y casi siempre a deshoras.
Del Mesón del Gatopardo, siendo Gatopardo el dueño.
De cómo echaron a Sifredi del cementerio, y de las molestias que se tomó para volver.
De la historia del ‘Robaniños’.
Del rarísimo ejemplar del Ulyses de Joyce.
Del Grupo de Resistencia 7, revolucionarios.
Del Servicio de Orientación Bibliográfica, durante la Posguerra, encargado de la censura de toda clase de publicaciones.
Del Obispo que quiso ‘correr’ con la Guapa, alias ‘la Chari’.
De Cabanilla, el de la Secreta.
Del pueblo fantasma.
De Tomasín, el Buey, y de Tomasillo, su hijo.
Y tantas otras historias…

Memorias de un enterrador. Libro Primero.


Libro Primero.

Memorias de un enterrador en iBooks.

“Llevo 20 años en el oficio… Y más de 15.000 muertos a mis espaldas…
Esta es mi historia. Bueno, y la suya…”.
Tienen en sus manos el primero de 12 libros, y son las memorias de un enterrador, con las historias de todos, o casi todos los que de un modo u otro han traspasado las puertas de un cementerio muy especial. De los que nos dejaron y de los que aún están, de los que se fueron y de los que volverán, algún día, a quedarse para siempre. Historias preñadas de vida, impregnadas de muerte.
El desfile de una colección de personajes que desde mediados del siglo XIX han venido hollando con sus pies la tierra de estos caminos, narrado por un testigo tan excepcional como sólo podría ser su sepulturero.
Un reflejo de la Historia -con mayúsculas- en el universo de un magnífico cementerio privado de Madrid.
Protagonizan, se mencionan, aparecen por sí mismos o se habla, entre otros muchos, en este Libro Primero:
De la historia del legionario,
de sus hazañas en la guerra y de que tenía una hija enterrada en el cementerio.
De la señora Juana,
que acuchilló al hijo de quien atropelló a su pequeña, que estuvo en la cárcel, y de la mala suerte que tuvo en la vida.
Del Árbol del Ahorcado,
con todos los que de su rama pendieron.
Del Pozo de la Muerte,
la Guerra Civil y el Sargento de Brigada,
con todo lo que dejó escrito y que fue hallado.
De Joselito el grabador,
que no sabía leer ni supo quién fue su padre.
Del Coronel nazi que aparece,
todo un misterio.
Y otras muchas cosas…

Tienen en sus manos el primero de 12 libros. Tres ediciones en papel lo respaldan. Espero que lo disfruten, y que volvamos a encontrarnos por el camino…

LO QUE HAN DICHO:
-…Las historias que cuentas, y cómo las cuentas, me han llegado al alma, porque consigues convertirlas en universales. Hacía mucho que no me conmovía de este modo leyendo… (N.M.)
-…Diferente, original, una forma de narración fuera de lo común… (M.C.G.)
-…Me encantó el libro. Posees un estilo muy personal y cercano. Consigues que los personajes vayan calando poco a poco… (O.G.R.)
-…Los relatos nos hacen viajar a las realidades del XIX, o del 36, o ir y venir de los 90 a la Posguerra sin el artificio del flash back. Unos personajes que no engañan y que muestran su ser con plenitud. Este sepulturero, cuando narra, lo hace con una lengua entre perdida y ritual, fluida y sin cortapisas, y consigue transmitir la perceción auténtica del narrador, aquí otro sólido personaje de carne y hueso.
El enterrador habla. Lean y juzguen. Él tiene la palabra, su palabra… (P.A. -del prólogo-)
-…El autor transita como nadie los caminos del campo donde se asientan los muertos. Un terreno entre lo real y lo posible en donde Belmonte se maneja con indudable soltura. Un libro actual y contundente. Del todo recomendable, diría imprescindible… (F.F. -del prólogo segundo-)