El hombre solitario (con perro). Libro Tercero, Memorias de un enterrador.


Libro Tercero.

Habían hecho el amor tres veces. Seguidas. Aquella noche. El hombre no podía más. La había amado con todo su ser. Y ella no decía nada. Había gozado tanto o más que él, o eso al menos, quería pensar mientras caminaba desnudo hacia el pequeño refrigerador en busca de algún bocado, o de algún trago de algo fresquito. Ella no querría, seguramente. Parecía dormida. Parecía gozosa, satisfecha. Parecía un ángel caído del cielo.

Fue una auténtica desgracia. La muchacha se encontraba en lo mejor de la vida. Una vida colmada de planes. De proyectos. De ilusiones. Hasta que todo se truncó. Hasta que la muerte se la arrancó de cuajo. Y rompió todo lo que la muchacha quería, destrozó a todos los que la amaban o alguna vez la habían amado. Pero son cosas que pasan. Aunque todos rogamos para que no sea a nosotros.

En la madrugada siguiente, el hombre gris del Obispado se lo comunicó a Baldomero, el último enterrador romántico, -que pensaban algunos que le conocían-, el único del cementerio parroquial de Xxxxxxxxxxxx, -bajo la administración de la Sacramental de Xxx Xxxxx, la mía-, y le entregó la documentación. La muchacha se enterraría aquella misma tarde en la sepultura propiedad de sus abuelos, y había que abrirla para comprobar que hubiera sitio. Caso de no haberlo, de que no cupiera, habría que reducir un cuerpo, el de la abuela, la última enterrada. Baldomero y Chisco, una cachorrilla grande y desgarbada aún, pero fiel y leal desde el día que la recogió de los contenedores de basura, se fueron a la tarea. El hombre del Obispado, a lo suyo, gris y somnoliento. Como cada día.

Se tumbó a su lado. Había bebido un poco de leche fresca. Ella no quiso. No respondió, por lo que dedujo que no quería, o que se había adormilado. Se estaba quedando fría, por lo que le echó la sábana por encima. Y se pegó a ella. Arrimó su ser desnudo al de ella. Era poseedora de un cuerpo de infarto, que provocaba vértigo en quien lo contemplaba, lo acariciaba, lo tomaba. Y ella no dijo nada. Chisco se revolvió inquieta en su mantita, al escuchar un imperceptible ruido que enseguida desechó. Gruñó irguiendo las orejitas todavía sin definir. Y volvió a su sueño, desechando el conato de posible peligro. Baldomero tuvo otra erección. Era algo que no podía controlar teniendo una mujer tan bonita a su lado. -Cristina… –le susurró al oído meloso. Comenzó a mover las caderas contoneándose, lentamente, con suavidad, separando los glúteos duros de la mujer levemente con las manos, abriéndose camino, poco a poco, suave. Ella no dijo nada.

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