El Abuelo de la Guapa. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
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Nació en el primer quinto del siglo XX.

Bueno, un año rebasado.

En el año de Nuestro Señor de mil novecientos veinte y uno, como se decía en su tiempo. Y pocas veces antes, y excepcionalmente después, ser de tal hermosura y belleza vio la luz en el mundo.

Fue casualmente en Barcelona, adonde pararon sus progenitores camino de Madrid por necesidad de la madre, que no podía seguir corriendo con el parto tan inminente y la criatura apretando apresurada.

No aguardó los nueve meses prescritos, y quiso nacer al octavo.

Habían partido del Este de Alemania huyendo de la URSS, pasando por Suiza y Francia por necesidad del padre.

Trabajo.

Y necesitaban llegar a Madrid cuanto antes, pero por vías secundarias, indirectas y a veces escabrosas, enrevesadas. Porque iban tras ellos. Tras él más bien. Le buscaban. Querían lo que portaba consigo.

Porque nada, absolutamente nada, detenía a los que les perseguían.

El hombre, de nombre León, -pocos sabían de él, casi nada-, era una sombra, un cadáver sin identificar, pero le conocían en Francia como el Belga, en la URSS como el Gallego, en Alemania le llamaban Francés, los ingleses el Alemán, y en su tierra Holandés.

Y él insistía: era español. Para luego añadir:
-De Córdoba, por más señas.

Entró en el Seminario de la mano del señor párroco de su pueblo, -destacado en la comarca y gozando de unos merecidos retiro y reposo espirituales al que muy pocos de los suyos llegaban-, que le descubrió a muy tierna edad por lo vivo, alegre, despierto y dispuesto que parecía. Y por lo que destacaba. Y prácticamente se lo compró a sus padres, que ya bastante padecían para colmar las otras nueve bocas que hasta el momento no habían muerto, y asegurábanse así al menos la supervivencia y bienestar de uno de sus vástagos.

En el Seminario estuvo cinco años de duros estudios, que superó con creces, satisfacción y sin dificultad una vez le orientaron y guiaron por donde Dios mandaba por aquella época y en aquel lugar.

Y tras superar las pruebas de selección –mucho más intensas y complejas que los estudios-  el Grupo le captó, le reclutó, le admitió.

Y marchó a Roma, a completar su formación y comprobar hasta dónde podía llegar y qué haría y qué harían con su vida.

Lo consiguió, el superar holgadamente sus estudios. Y se hizo Sacerdote de Cristo.

Y decidió por sí mismo, escogió por voluntad propia, hacer lo que hacía, hizo y haría.

Tristemente, no pudo alcanzar el tan anhelado retiro, en algún discreto, y escondido pueblito, como párroco local.

Ni vio a su hija destacar.

A aquella niña, hija suya, nacida por accidente en Barcelona, le puso de nombre, con el consentimiento de su compañera y madre de la criatura, María de la Caridad, Chari, que la llamaban algunos de la tierra. Y se quedó con el alias, como una hermana propia muerta al poco de nacer.

Él mismo la bautizó.

Y volvió a quitarse los ropajes.

Nunca se había sentido tan desnudo como cuando se veía obligado a prescindir de las ropas talares.

Pero no eran tiempos seguros.
Al cuarto día de su alumbramiento, otra vez en camino.

Eran tres.

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