El hombre solitario (con perro). Libro Tercero, Memorias de un enterrador.


Libro Tercero.

Habían hecho el amor tres veces. Seguidas. Aquella noche. El hombre no podía más. La había amado con todo su ser. Y ella no decía nada. Había gozado tanto o más que él, o eso al menos, quería pensar mientras caminaba desnudo hacia el pequeño refrigerador en busca de algún bocado, o de algún trago de algo fresquito. Ella no querría, seguramente. Parecía dormida. Parecía gozosa, satisfecha. Parecía un ángel caído del cielo.

Fue una auténtica desgracia. La muchacha se encontraba en lo mejor de la vida. Una vida colmada de planes. De proyectos. De ilusiones. Hasta que todo se truncó. Hasta que la muerte se la arrancó de cuajo. Y rompió todo lo que la muchacha quería, destrozó a todos los que la amaban o alguna vez la habían amado. Pero son cosas que pasan. Aunque todos rogamos para que no sea a nosotros.

En la madrugada siguiente, el hombre gris del Obispado se lo comunicó a Baldomero, el último enterrador romántico, -que pensaban algunos que le conocían-, el único del cementerio parroquial de Xxxxxxxxxxxx, -bajo la administración de la Sacramental de Xxx Xxxxx, la mía-, y le entregó la documentación. La muchacha se enterraría aquella misma tarde en la sepultura propiedad de sus abuelos, y había que abrirla para comprobar que hubiera sitio. Caso de no haberlo, de que no cupiera, habría que reducir un cuerpo, el de la abuela, la última enterrada. Baldomero y Chisco, una cachorrilla grande y desgarbada aún, pero fiel y leal desde el día que la recogió de los contenedores de basura, se fueron a la tarea. El hombre del Obispado, a lo suyo, gris y somnoliento. Como cada día.

Se tumbó a su lado. Había bebido un poco de leche fresca. Ella no quiso. No respondió, por lo que dedujo que no quería, o que se había adormilado. Se estaba quedando fría, por lo que le echó la sábana por encima. Y se pegó a ella. Arrimó su ser desnudo al de ella. Era poseedora de un cuerpo de infarto, que provocaba vértigo en quien lo contemplaba, lo acariciaba, lo tomaba. Y ella no dijo nada. Chisco se revolvió inquieta en su mantita, al escuchar un imperceptible ruido que enseguida desechó. Gruñó irguiendo las orejitas todavía sin definir. Y volvió a su sueño, desechando el conato de posible peligro. Baldomero tuvo otra erección. Era algo que no podía controlar teniendo una mujer tan bonita a su lado. -Cristina… –le susurró al oído meloso. Comenzó a mover las caderas contoneándose, lentamente, con suavidad, separando los glúteos duros de la mujer levemente con las manos, abriéndose camino, poco a poco, suave. Ella no dijo nada.

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Sobre Loli y el extraño desconocido. Del Libro Cuarto.


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(…) La pobre mujer se quedó callada, no dijo nada, viendo cómo su marido la tocaba y se corría al poco tiempo.

La verdad es que desde que se casaron ella jamás disfrutó de la carne como había disfrutado con el muchacho que la desvirgó y le hizo la barriga de la que nació su única hija.

Algunas noches su marido se la metía, pero siempre con brusquedad, premura, y extrañeza. Parecía que lo hiciese con miedo, con vergüenza, y desde luego, sin conocimiento, tacto, ni experiencia. Ni una mala caricia, ni un beso, ni un abrazo… Siempre le resultaba desagradable. Siempre. Jamás había estado mojada ni la había hecho sentir mojada su esposo, pero bueno, se había hecho cargo de ella, de la niña, y no daba mucha guerra. Y ella había cumplido como hija obedeciendo los deseos de su madre. Era un poco huraño, cascarrabias, y retorcido. Desconfiado, malicioso, y sentíase por regla general en desventaja, pero no era malo con ellas, casi siempre las dejaba en paz o, simplemente, las ignoraba. Refunfuñaba mucho, pero nada más. Y apenas hablaban. Ella lo único que tenía que hacer era abrir las piernas cuando a su marido se le antojase –que la verdad, no era muy a menudo-, y dejar que se echase sobre ella y se la metiese de un golpe. Luego, bamboleaba unas cuantas veces, y se derramaba dentro de ella.

Curiosamente, en las ocasiones que se habían dado, no había conseguido dejarla preñada, como era de esperar, de nuevo. Tal vez fuese la voluntad divina, o la pólvora del artillero. Hubo una ocasión en la que Loli, en la cama, a pesar del asco que le daba su marido y que se casó con él por lo que se casó comenzó a toquetearle, a juguetear, a acariciarle la polla y los cojones, como mandaba dios y amparada y obligada por su contrato sacramental, compadeciéndose de él y sintiéndose culpable por no humedecerse ante su presencia.

Y por no amarle realmente.

Se movió sumergiéndose bajo las sábanas y se la metió en la boca y jugó con ella con la lengua y con los labios y chupó con toda la pasión fingida. Y él no quiso dejarse, pero ella hizo fuerza e hincapié y no duró demasiado la pugna, porque la resistencia del hombre cejó en unos segundos y se entregó indefenso menoscabada su virilidad. Y de un leve empellón la apartó y dándole el culo intentó entregarse al sueño sin conseguirlo, pues malos pensamientos, sueños inalcanzados y remordimientos le asaltaban siempre tras el coito.

Tristeza post-coitum compartida.

Se sentía poco hombre, se sabía nada complaciente, demasiado precoz en sus relaciones carnales. Malos demonios que le quitaban el sueño y le amargaban el vino. Y sin embargo, lo bien que lo disimulaba, actuando como si no pasase nada.

Del leve empellón Loli se tragó el depósito de su marido, denso, agrio, abundante. Se los había tragado muchas veces, pero los de su amado mozo del hielo. Y lo había disfrutado, y se había sentido bien, entregada, y otras veces se había untado con ellos, se los había restregado, pero los del muchacho. No los de su marido. Y al tragarse lo de su marido, sin poder remediarlo, comenzaron a darle arcadas, y ascos y retortijones, y tuvo que envolverse en la bata como pudo y salir al pasillo corriendo hacia el baño comunitario, al fondo del corredor, donde deglutió hasta el desayuno sobre el vecino de la vivienda de al lado que estaba agachado en el único agujero que servía de desaguadero para todo tipo de aguas, mayores y menores, y desperdicios.

El hombre, que se encontraba intentando vaciar las tripas para ir al trabajo de vigilante nocturno en un almacén, soltero, fornido, cuarentón y aficionado al vino barato, se levantó mirando los vómitos que le corrían desde el hombro hasta el costado, y con la hoja del ABC de días atrás que llevaba para otros menesteres pero para la misma función, se limpió. Luego miró a Loli, graciosa, ligeramente ruborizada, avergonzada por haberle echado encima lo que le había echado. No se había esmerado demasiado en ponerse la bata, por las prisas. Tampoco se esforzó demasiado en recomponerla ahora que comprendió lo que el hombre sobre el que había vomitado miraba. Se vislumbraban un poco las bragas. Y la pudorosa y calentita indumentaria se veía incapaz de contener aquellos enormes y turgentes pechos.

El hombre se incorporó del todo y se acercó un paso a Loli. Quedaba otro para que se tocasen.

Llevaba los pantalones por los tobillos. Loli se la miró.

Experimentó una enorme y desafiante erección imposible. Loli se humedeció. El brillo de los ojos de ambos suplió la falta de verbo. Un par de manos gigantes achucharon y acariciaron los senos erectos, excitados. De manera sabia, experimentada, de la calle. Loli chorreaba. Por la visión de aquel hombre de grandes manos, de fuertes hombros, de anchas espaldas ante ella. Por la sensación de cercanía. Por las vibraciones que percibía… Las manos grandes, duras, trabajadas, la agarraron del culo y le arrancaron las bragas. La cosa iba a reventar, pareciendo que tuviese vida propia, y se movía, buscándola. La cogió y la levantó, de un impulso, y ella abrió las piernas, a horcajadas. Y se la metió de golpe, a la primera, toda entera, en el coño húmedo, cálido, acogedor, estremecido, que convulsionó de placer y se corrió de gusto. Y la cópula maravillosa, salvaje, improvisada, prohibida, se prolongó en un tiempo que no existía. Y Loli se corrió otra vez. Y otra. Empapada, húmeda, chorreante, cremosa, dulce y sensual. Y el hombre que la llevaba en volandas la apoyaba contra la pared y no paraba de bambolear.

Bum, bum, bum…

Una y otra vez.

Bum, bum, bum…

Y ella con la boca en su hombro le mordía la carne y probaba la sangre reprimiendo los gritos y ahogando los gemidos de puro placer y éxtasis. Y el hombre que seguía, en aquella su noche.

Bum, bum, bum…

Bum, bum, bum…

Y Loli que se volvió a deshacer y se corrió como nunca se había corrido antes, ni con el muchacho del hielo, y se orinó encima sin saber si era orín o si era flujo, y le temblaba hasta el alma estremecida, y chillaba para sí, para adentro, muy hondo, ¡me corro, me corro, me corrooo!, y los ojos le lloraban de alegría, y no había tiempo, ni pena, ni frío, ni nada, sólo ellos en aquella conexión total y absoluta, pero momentánea, de sexo, de vida, de instinto.

Y el hombre sabio y viril sintió que ella había rozado el límite extático y que debía detenerse por un momento. Y la apeó de sí. Y la besó en la boca que babeaba con su lengua en la de ella que frenética se revolvía ansiosa, buscando. Más. Quería más. Y seguía besándola. Y luego con su boca lamía, chupaba, mordisqueaba y jugueteaba… El cuello, la garganta, la nuca, los lóbulos de la oreja… Aquel hombre no olía a vino barato… Era gloria lo que desprendía… Y con un gesto mecánico, aprehendido, que erizó el vello de la mujer, se mojó los dedos exageradamente y llevó la mano al coño de Loli, que no lo necesitaba, que latía por sí mismo y en su propio jugo nadaba, y le introdujo dos dedos que absorbió como si nada. Y ella empujaba con la cintura, embestía con las caderas, meneaba rabiosamente las nalgas.

Quería más. No había tenido bastante, quería más, quería todo, y luego podría morir tranquila. El hombre la giró sobre sí misma y la colocó de espaldas, agarrando el generoso culo por los glúteos, pellizcándolos, sopesándolos. Ella notó la enormidad de su dureza en los riñones, y se agachó para que entrase, para sentirla dentro, para sentirla hondo. El hombre la ayudó empujando hacia abajo la cabeza y subiéndola por la cintura, y la tomó de nuevo, salvajemente porque salvajemente ella se lo pedía, y la embistió de un viaje y luego una y otra vez la embestía. Y ella culeaba, se movía, le buscaba, zarandeándose, insinuándose, con ese brillo en los ojos que le miraban y con la boca entreabierta con la baba que caía, y con las manos se apoyaba en la pared para no caerse y para amortiguar los envites del hombre poderoso.

Otra vez que se corría, ahogando la voz, mordiéndose la mano, con el hombre sobre ella tomándola por detrás agarrado a sus tetas. El hombre, que no había terminado.

Jamás había visto tal muestra de virilidad, tal derroche de hombría. Claro, que no es que hubiese visto mucho, pero incomparable, desde luego, a su muchacho querido, padre de su hija, a quien tenía por un potentado.

-¡Dame por el culo! ¡Quiero que me des en el culo! –susurró excitadísima, sorprendida de oírse a sí misma, muy predispuesta y a punto de experimentar otro orgasmo sólo de hacerse a la idea.

El hombre pareció tan sorprendido como ella. Era evidente que de hacerlo, sería la primera vez para ella, y tampoco es que fuese algo imprescindible o que él desease especialmente.

-¡Toma mi culo! ¡Quiero tomar por el culo! ¡Fóllame el culo! –le pidió, en lo que parecía un ruego, una súplica incluso. El tono de voz y las palabras le excitaron mucho más de lo que ya estaba, y a ella más aún, que incluso llegó a escandalizarse un poco por la osadía y el atrevimiento. La cogió de los glúteos y se los separó con delicadeza. Ella se agachó y se lo brindó, totalmente expuesto. El hombre escupió en el orificio, y le restregó con suavidad el fluido con un dedo. Ella culeaba sin parar, buscando. Luego, sin necesidad de agarrársela con la mano -la tenía para partir almendras, lo llamaba él-, presionó con el glande poquito a poco, para que fuese entrando, y ella, con un golpe seco, se la metió entera y de una vez.

Le dolió. Le dolió mucho. Y apagó el gemido con la cara interna del antebrazo, el grito sordo. Pero iba mezclado con una sensación indescriptible. La peligrosidad de aquella situación en aquel lugar. El goce de lo prohibido. Y el pedazo de carne caliente, grande, ajeno, dentro de ella, en aquella primera vez. Dilataba mucho más de lo que hubiese imaginado. También iba húmeda y lubricada por allí, y además el hombre le palpaba el coño simultáneamente, y la volvía loca.

El dolor sordo parecía ya muy lejano, aunque no llegaba a desaparecer del todo, pero ni le prestaba atención ni le daba la más mínima importancia. Se iba a correr de nuevo, de una forma como nunca antes, mucho más fuerte, más potente, más intensa, como dos sensaciones inexplicables que se buscaban y desembocarían en una única explosión doble. El hombre se lo palpaba mucho más rápido, con más presión, y aumentaba la cadencia de sus bamboleos y caderazos. Loli no tenía fuerzas para seguir apoyándose en la pared -y casi se cae derrumbada si el hombre no la agarra-, temblándole las rodillas incapaz de sostenerla, con los ojos vueltos hacia arriba, en blanco.

Pensó que se moría cuando le llegó el estallido lujurioso y se sintió feliz en aquella gloria bendita de alegría y placer, y se regocijó cuando el hombre hincó sus dientes en el pelo de su nuca –para no dañarla-, resoplando y vaciando el pomo repleto de la esencia en su interior, y las cadencias sincronizadas de ambos se relajaron, se ralentizaron, se acompasaron al descenso de los latidos de sus corazones. Loli sintió que tenía el culo roto. Así lo pensó. Y lo que pensó le hizo sonreír melosa.

Sentía que podía morir.

De gusto (…).

1. Del Libro Cuarto. Memorias de un enterrador.


Libro Cuarto
Próximamente…

Aquella mañana enterraríamos en la capilla.

El entierro nos entró el día anterior, por lo que dispusimos de tiempo de sobra para prepararlo, por fortuna, porque nos ocupó unas cuantas horas.

Un nicho alto en el presbiterio, a espaldas del altar.

Una lápida extraña, con una inscripción en alemán.

Un muerto curioso, de la Embajada de Alemania, con pasaporte diplomático, que comentó el supervisor de la funeraria.

Un servicio fúnebre caro, si se encontraba allí el supervisor.

-¿Para mañana no tenemos entierros? –preguntó el cura, el de siempre, el Impertérrito, el Inmutable, el Eterno, don Gabriel, que incluso había superado, a su edad, un cáncer de no se sabe qué, -porque no hablaba de lo suyo aunque sí de lo de los demás-, que aguardaba junto a nosotros la llegada del muerto, como le decíamos a aquello que hacíamos en aquel momento.

Algunos fumaban, otros paseaban en círculo, otros meditábamos o nos abstraíamos, o departíamos tranquilamente y conversábamos.

-En principio no, padre –le respondió Santiago, que siempre le llamaba padre con un tono ligeramente irónico.

-Gracias, hijo –le dijo el cura, que del mismo modo empleaba la misma moneda y se la devolvía.

-Pero bueno, si quiere usted, vamos a por alguno a la calle y lo apañamos para enterrarlo a primera hora –sugirió el mismo compañero.

-No, hombre, no –rió don Gabriel-. No es necesario. Además, a primera hora no me acomoda. Y además, no es preciso ir a buscarlos. Dios proveerá…

-Gabriel –intervine yo-. ¿A quién atiende dios si dos piden cosas opuestas y enfrentadas?Nos miramos todos.
Ninguno dijo nada.
-Ahí viene el muerto –anunció el Andaluz, señalando la carroza que subía…

 

Fue un poco lioso.
Y accidentado.
Todo.
Empezando por la unidad de enterramiento.

Se trataba de un nicho familiar antiquísimo, un fila séptima, construido en los tiempos de la edificación original y primigenia de la propia capilla, en los tiempos en los que si un obrero, o un enterrador, con los medios rústicos con los que contaban, se precipitaba al suelo y reventaba desde aquella altura intentando enterrar, sin ningún sistema de seguridad, no pasaba nada, pues ponían otro, que hombres prescindibles había muchos…

Un fila séptima contaba más de ocho metros de altura, zócalo incluido.

Para enterrarse uno en la capilla, tenía que ser poseedor de al menos seis u
ocho apellidos, títulos nobiliarios y de señorío, muchísimas riquezas, y haberse codeado con la realeza de la época, si Monarquía, o con los politiquillos de turno si República. Y haber pagado mucho dinero, por la vía oficial de adquisición de derechos de enterramiento, y otro tanto en bolsas pesadas para unos y otros, con discreción y valentía, y a tajo hecho, sin dudar.

Sujetos como el ya mencionado padre Rebolledo, lucraron sus arcas particulares y ansias infatigables y sedientas de riquezas con saquetas repletas, de infelices muertos en vida y de cadáveres andantes, que antes se ahorcaban que dar un mendrugo a un hambriento, pero no escatimaban ni con la Iglesia ni con las promesas de bienestar más allá de la muerte.

Y los más codiciados, los del presbiterio, a la sombra del descomunal crucifijo con la talla proporcional de Jesús el Nazarita en madera, de tal realismo que se diría que aún vivía…

En un fila séptima estaba el nicho.
En el número siete.
Invertimos cerca de dos horas en prepararlo.

Con la nueva maquinaria moderna con la que el cementerio se había dotado, controlando el paso al milímetro, colocando chapas de acero sobre el piso pulido de falso mármol para que no quebrase con el peso del elevador, subiendo el aparato por las dos rampas totalmente equilibrado y a nivel, pues de lo contrario no subía, y maniobrando una decena de veces para ajustarlo al máximo al nicho en cuestión sin rozar absolutamente nada.

Y teníamos que reducir el cuerpo que allí reposaba su descanso eterno.

La lápida, de mármol negro, apaisada de medio punto, labrada ricamente a mano con varios detalles florales y silvanos, y una simbología que me sonaba, como se dice coloquialmente, por haberla visto en revistas especializadas en temas de misterio, historia oficiosa, arqueología, misticismo y mundos paranormales, todo en un batiburrillo y una mezcolanza que si se sabe tamizar puede ser realmente reconfortante, ilustrativo y revelador, tenía la inscripción en lo que deduje, era alemán.

Anduvimos con extremo cuidado a la hora de quitar la piedra, pues en apariencia se suponía frágil, y en caso de accidente sería difícil de reponer. Y mientras golpeaba el aguzado cincel con la maceta, no paraba de mirar lo inscrito de reojo. Los símbolos, el nombre, el año… Y a pesar de no existir conflicto armado alguno –por mucho que le daba vueltas en mi cabeza no di con uno solo público y conocido-, en el que pudiese intervenir un Standartenführer nazi septuagenario al menos, murió el coronel en Madrid. En acto de servicio.

Lo supe porque vino el padre Pío.
Otra vez.
La segunda desde que ocurrió lo que ocurrió en el Cementerio Parroquial. Que curiosamente no vio la luz…

 

Se encaramó a la plataforma por la escalera doble adyacente con una soltura y gracilidad impropias de un sujeto de su apariencia y hechuras.

Y se plantó junto a Pedro y a mí, que hacíamos malabares para mantener el equilibrio en los dos metros cuadrados a siete de altura.

El susto que nos dio nos hizo zozobrar.

Y se agarró a mí, que a mi vez me agarraba a Pedro, que a su vez se agarraba a mí, y nos dijo:

-Buenos días, señores –y sonreía-. ¿Cómo va la cosa?

-Buenos días, padre –correspondí titubeante.

-¡Cuidado padre que nos vamos abajo! –advirtió Pedro.

-Cuando quiten la piedra, les ruego que me avisen, que he de comprobar algo –nos pidió.

-No se preocupe, que así se hará –aseguré.

-De acuerdo, pero bájese –pidió Pedro con voz temblorosa.

-Os ruego que no toquéis nada –insistió-, una vez quitada la piedra. Sólo la piedra. No toquéis los témpanos.

-No tema, que eso haremos –volví a asegurar.

-Llámeme, Francisco. Es de vital importancia –y me guiñó. Y dirigiéndose a mi compañero tendiéndole un billete de cien se lo introdujo en el bolsillo de la camisa-. He de comprobar que la manipulación del nicho no dañe la estructura del muro y la cúpula sobre el presbiterio, y que el paso del tiempo no haya hecho ceder los cimientos. Eso se observará en el fondo y el piso, si aparecen grieteados. Y es posible, por más señas, que haya que recimentar.

Lo capté enseguida. Y siendo discreto no hice preguntas.

Mi compañero no se cuestionó nada. Agradeció la propina, que más tarde nos repartiríamos, y le dijo que no se preocupase, que le avisaríamos.

 

Y cuando el padre Pío se disponía a bajar, pues apenas cabíamos los tres y no podíamos continuar trabajando, soltó Pedro, como para sí:

-¿Qué coño querrá decir esto?

Y el padre Pío, de carrerilla, nos lo aclaró, pidiéndonos que no lo revelásemos a nadie…

No se fue muy lejos el padre Pío.

Anatolio bajó la plataforma con la lápida tumbada, colocada y atada para que no se cayese ni se rompiese.

Pedro y yo lo habíamos hecho por la escalera metálica de mano.

Y fui a avisarle.

Estaba en el jardín, con un rosario en la mano.

-Por favor, marchad. Haz por entretenerlos hasta que salga. Te lo ruego –me dijo.

-Pierda cuidado –contesté.
Me dirigí a mis compañeros y nos fuimos a tomar un refrigerio. El padre Pío, se encerró en la capilla.

La madre de la Guapa. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
Próximamente…

María de la Caridad. Chari.

La niña más bonita, la muchacha más bella, la moza más hermosa conque la Naturaleza regaló a unos padres en mucho tiempo.

Y por fortuna, con el don de la inteligencia.

De la excelsa inteligencia.

Anduvo tras los pasos de su padre, León, junto a su madre siempre, inseparables los tres, por media Europa, por medio mundo, por el trabajo de él, viendo, aprendiendo, asimilando.

Era una niña viva, alegre, despierta.

Se fijaba en todo aquello que veía. No paraba de preguntar, de ir más allá de las simples apariencias.

Como sus progenitores, se desenvolvía ágil y grácilmente en numerosas lenguas, conocía innumerables culturas, iniciada en multitud de conocimientos, imposibles para una persona –más para una mujer-, en aquel tiempo.

Y con apenas diez años, una niña aún, superadas las capacidades de enseñanza de sus padres por su ansia febril de aprendizaje, hicieron el gran sacrificio.

Además, aquélla, no era vida para una niña pequeña. Ya en una ocasión, en Praga, estuvieron a punto de sufrir un percance de consecuencias muy graves. Y se salvaron por apenas un minuto, el que les hizo perder el tren que debían haber cogido.

Aquella no era vida para casi nadie.
Y desde luego no para una niña pequeña.

 

Hicieron el gran sacrificio.

Y la entregaron al Grupo.

Ellos se harían cargo.

Curiosamente, fue un profesor británico quien intervino indirectamente en su alias.

Un buen tipo que enseguida se encariñó con ella. En un sentido sano, por supuesto.

My little Charity, le decía.

Mi pequeña Caridad.

Y claro, un buen andaluz que se precie, como su padre, que a pesar de su cultura, intelecto, conocimientos y preparación no puede dejar pasar una buena ocasión de chascarrillo o agudeza la rebautizó, a la ligera, sin saber de la trascendencia de su gracia, Chari, la Chari, haciendo creer a quien lo oyere que el nombre verdadero era Rosario, Charo, Charito.

Y con Chari se quedó.

-Chari, mi gran amada –le escribía el Barón en sus epístolas, con su torpe castellano, con su pulso firme, como su determinación.

El Abuelo de la Guapa. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
Próximamente

Nació en el primer quinto del siglo XX.

Bueno, un año rebasado.

En el año de Nuestro Señor de mil novecientos veinte y uno, como se decía en su tiempo. Y pocas veces antes, y excepcionalmente después, ser de tal hermosura y belleza vio la luz en el mundo.

Fue casualmente en Barcelona, adonde pararon sus progenitores camino de Madrid por necesidad de la madre, que no podía seguir corriendo con el parto tan inminente y la criatura apretando apresurada.

No aguardó los nueve meses prescritos, y quiso nacer al octavo.

Habían partido del Este de Alemania huyendo de la URSS, pasando por Suiza y Francia por necesidad del padre.

Trabajo.

Y necesitaban llegar a Madrid cuanto antes, pero por vías secundarias, indirectas y a veces escabrosas, enrevesadas. Porque iban tras ellos. Tras él más bien. Le buscaban. Querían lo que portaba consigo.

Porque nada, absolutamente nada, detenía a los que les perseguían.

El hombre, de nombre León, -pocos sabían de él, casi nada-, era una sombra, un cadáver sin identificar, pero le conocían en Francia como el Belga, en la URSS como el Gallego, en Alemania le llamaban Francés, los ingleses el Alemán, y en su tierra Holandés.

Y él insistía: era español. Para luego añadir:
-De Córdoba, por más señas.

Entró en el Seminario de la mano del señor párroco de su pueblo, -destacado en la comarca y gozando de unos merecidos retiro y reposo espirituales al que muy pocos de los suyos llegaban-, que le descubrió a muy tierna edad por lo vivo, alegre, despierto y dispuesto que parecía. Y por lo que destacaba. Y prácticamente se lo compró a sus padres, que ya bastante padecían para colmar las otras nueve bocas que hasta el momento no habían muerto, y asegurábanse así al menos la supervivencia y bienestar de uno de sus vástagos.

En el Seminario estuvo cinco años de duros estudios, que superó con creces, satisfacción y sin dificultad una vez le orientaron y guiaron por donde Dios mandaba por aquella época y en aquel lugar.

Y tras superar las pruebas de selección –mucho más intensas y complejas que los estudios-  el Grupo le captó, le reclutó, le admitió.

Y marchó a Roma, a completar su formación y comprobar hasta dónde podía llegar y qué haría y qué harían con su vida.

Lo consiguió, el superar holgadamente sus estudios. Y se hizo Sacerdote de Cristo.

Y decidió por sí mismo, escogió por voluntad propia, hacer lo que hacía, hizo y haría.

Tristemente, no pudo alcanzar el tan anhelado retiro, en algún discreto, y escondido pueblito, como párroco local.

Ni vio a su hija destacar.

A aquella niña, hija suya, nacida por accidente en Barcelona, le puso de nombre, con el consentimiento de su compañera y madre de la criatura, María de la Caridad, Chari, que la llamaban algunos de la tierra. Y se quedó con el alias, como una hermana propia muerta al poco de nacer.

Él mismo la bautizó.

Y volvió a quitarse los ropajes.

Nunca se había sentido tan desnudo como cuando se veía obligado a prescindir de las ropas talares.

Pero no eran tiempos seguros.
Al cuarto día de su alumbramiento, otra vez en camino.

Eran tres.

El Barón. Del Libro Cuarto.


Libro Cuarto
Próximamente…

El Barón

Llegó a España en mil novecientos treinta y ocho, a finales, con todo el camino allanado.

Con toda su gente.
Con todo su equipo.
Detrás de él.
Él siempre, el primero.
Por eso muchos le seguían ciegamente. Hasta la Gloria.

O hasta la muerte.
Siempre hasta el final.
Con sus quinientos hombres.

Y sus doce apóstoles, pues doce apóstoles parecían, sus sombras, sus almas gemelas, sus perros más fieles y leales, sacados de entre la excelencia de sus quinientos.

Nunca le dejaban.
Cualquiera hubiera ido al Infierno sin dudarlo por él. Desde niños adiestrados.
Desde niños adoctrinados.
Apadrinados por él.
El Standartenführer.
El Coronel.

Continuando su búsqueda adonde sus pesquisas, estudios e investigaciones le habían conducido.

Desde la abadía suiza, a la que llegó vía Austria.

El Barón XXXXX, de la Schutzstaffel. La SS.

Según testimonio directo de F. B. Carretero, y del testigo ocular cuyo único rasgo de identidad conocido hasta el momento son sus siglas, P. C. S. y el añadido “Numerario del Grupo por la Gracia de Dios”, llegado e instalado en el Campo Santo en el ocaso de la contienda.

Y desde el primer minuto rondando, buscando, siguiendo el objetivo tan celosamente perseguido.

Aunque los Otros ya lo sabían, y le estaban esperando.

Y aunque no pudieron sacar lo que buscaba, salvarlo a tiempo, se quedaron para protegerlo.

Y así lo harían, con su vida.
El Barón XXXXX, coronel de la Schutzstaffel. La SS. Y María Caridad iba con él.
Siempre.
Como su sombra.
Como otro apóstol.
El número trece.

La señora Juana. Del Libro Primero.


La señora Juana tiene a su querida hija enterrada en mi cementerio. Era una niña cuando murió.

Murió atropellada.

Su tumba siempre estaba repleta de adornos, de muñecas, de juguetes…

La señora Juana le cortó el cuello al hijo menor del conductor.

Su historia la refirieron mis compañeros. Y me la contó ella misma. Durante muchos años.

La señora Juana ya no puede hablar. Murió. Y la enterramos junto a su pequeña. Ahora, quiero pensar, descansa en paz, con lo que más quiso.

Cada mañana paso junto a su tumba, y la miro…

Puedes conocer toda la historia aquí, en el Libro Primero. Te invito.

Gracias…

Libro Primero.

Memorias de un enterrador. Libro Primero.